EDITORIAL

A VEINTICINCO AÑOS DEL INFORME MACBRIDE

Desabastecimiento ético en la Sociedad Mediática


En 1980 el irlandés Sean MacBride, fundador de Amnistía Internacional –y a su tiempo Premio Nobel de la Paz- presentó a la Conferencia General de la UNESCO reunida en Belgrado, los resultados del trabajo que el equipo bajo su dirección preparó sobre la problemática de la comunicación en un mundo en cambio, encargado por esa organización, con el título Un solo mundo, múltiples voces , que pasó a la posteridad con el nombre de El Informe MacBride .

Fue éste el más serio intento de una instancia de diálogo entre estados por pensar los problemas políticos y éticos que se derivaban del portentoso avance tecnológico en el ámbito de las comunicaciones, situación capaz de provocar mejorías notables en la convivencia entre los hombres o de desmejorarlas significativamente. Su elaboración se produjo en un marco de tensiones ideológicas y políticas extremas, y su confección no dejó de provocar efectos impactantes, entre ellos el retiro del Reino Unido y E.E.U.U. de la Unesco, a la que este último país volvería recién en 2003, alejadas ya las posibilidades de que esta institución albergara voces disonantes.

Hoy, veinticinco años después, un somero repaso del contenido de las sugerencias que en dicho informe se vertieron, deja en claro que la disputa entre Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC) v.s. Libre Flujo de la Información ( free flow of information ) se ha desbalanceado peligrosamente hacia esta última propuesta, con los riesgos ciertos que para la vida democrática ello implica.

De allí que consideremos que la recuperación del espíritu democratizador del informe, a partir del rescate de los principales puntos que señalara a modo de sugerencia para una mejor administración de los conflictos entre poder y derecho a la información, es hoy una tarea necesaria e impostergable, con las debidas adecuaciones de tiempo y lugar.

Sin embargo, cabe aquí hacer una precisión, para nosotros de sustantiva importancia: posiblemente porque hace veinticinco años la sociedad de la información, si bien ya se había desatado la dinámica tecnológica que la iba a construir, no estaba aún plenamente establecida, el principal problema que planteaba era precisamente la disparidad de fuerzas entre los distintos actores que registraba el panorama de la comunicación. Hoy cabe poner énfasis en que éste, con ser grave, no es ya el principal. Quien debiera ocupar hoy la primacía en nuestros desvelos al respecto es el estado general de anomia a que ha dado lugar, circunstancia nacida precisamente de la falta de adecuación de los patrones morales en ejercicio en la sociedad al nuevo instrumental mediático y su mecánica. O, si se prefiere, de la inhabilidad o mala fe de los operadores de éste, que les imposibilitan liar su desempeño al universo simbólico en curso, o, siquiera, a tenerlo como problema en el horizonte de su despliegue.

Curiosamente, pero no por nada, el estamento que opera las comunicaciones es el único que no tiene definido, de adentro ni de afuera, un tribunal –bien que virtual- que evalúe su conducta y dictamine rectificaciones en su caso, por no hablar de compensaciones ante mala praxis. Lo flamante de la autonomía que ha ganado respecto de quienes hasta ayer lo consideraban su servidor (el poder económico, político o religioso), lo ha dotado, junto a un dominio respetable y temible en su soberbia, de una carencia que se niega a reconocer: la necesidad –como lo prescribe cualquier ética- de hacer en ocasiones remisible su potencia. Aún así, no cabe desconocer los intentos del sector por elaborar instrumentos conceptuales que arrimen criterios para un andar más ordenado según imperativos éticos, como los que testimonian la aparición –no siempre bienvenida por sus destinatarios- de códigos de ética profesional. Más allá de los límites que éstos puedan exhibir (cierta ingenuidad equívoca y un sobrado aferramiento a la mirada autocentrada, entre los más evidentes), sin duda constituyen herramientas críticas que es justo reivindicar.

Apuntando a contribuir con la discusión que disparan los temas señalados, este número propone, además de nuestras disquisiciones en el editorial que llamamos Noticia , en la sección Entrevistas un informe de Martín García sobre los medios en Argentina, que resulta aleccionador sobre que las mayores dificultades para la democratización de la comunicación son de índole política y no técnica, y una presentación, a cargo de su director Aram Aharonian, de Telesur, el flamante e impredecible intento de algunos sudamericanos por generar una comunicación alternativa de significación. Completa esta sección la reproducción del Código de Ética del Colegio de Periodistas de Chile y el Código de Conducta de la Asociación Nacional de Diarios de Brasil, que fue posible gracias a la gentileza de www.saladeprensa.org

En el apartado Galería hemos reunido un conjunto variopinto de textos que, en su fragmentación y vecindad desacostumbrada, ofrecen perspectivas que entendemos motivadoras para acercarse a este fenómeno de la comunicación actual, inquietante y seductor.

Cerramos esta edición con el homenaje, en la sección Documentos , al tan vilipendiado como entrañable Informe MacBride, mediante la reproducción de un breve extracto.

Hasta el próximo número.

El Director