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INTRODUCCION
Sean MacBride
Presidente de la Comisión
La Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación, conocida de ordinario por sus siglas en francés, CIC, inició sus trabajos en diciembre de 1977. Al iniciar nuestra larga jornada en el mundo de las comunicaciones, sentía yo una mezcla de entusiasmo y temor: entusiasmo por la oportunidad de presidir un grupo de dieciséis miembros provenientes de todos los rincones del globo para la exploración de un tema tan básico para la paz y el desarrollo humano; temor a causa del vasto conjunto de cuestiones y la naturaleza crucial de los problemas que deberían estudiarse.
El marco en el que se creó la Comisión tampoco permitía demasiado optimismo en la previsión de las dificultades de la tarea que nos esperaba o en la obtención de conclusiones unánimes.
En los años setenta, los debates internacionales sobre los problemas de la comunicación habían alcanzado puntos de confrontación estridente en muchas zonas. Las protestas del Tercer Mundo contra el movimiento dominante de las noticias provenientes de los países industrializados se veían a menudo como ataques a la libre corriente de la información. Se afirmaba que los defensores de la libertad de prensa violaban la soberanía nacional. Se disputaba ampliamente sobre diversos conceptos de los valores de las noticias y sobre el papel, los derechos y las responsabilidades de los periodistas, así como sobre la contribución potencial de los medios informativos a la solución de los grandes problemas mundiales. En vista de esta atmósfera divisiva que rodeaba el inicio del trabajo de la Comisión, desde el principio traté de lograr un análisis objetivo equilibrado, imparcial, del escenario actual de la comunicación, y de afrontar el reto que significaba el logro del consenso más amplio posible en nuestras concepciones de los principales problemas.
Otro problema primordial era la amplitud de nuestro mandato: “estudiar la totalidad de los problemas de la comunicación en las sociedades modernas”. Entre toda la documentación y toda la literatura del campo examinadas por esta Comisión en el curso de su trabajo, nadie intentaba una reseña tan amplia. Nuestro trabajo no pretende ser definitivo, pero hemos tratado de trascender los temas convencionales y aproximarnos a los términos de nuestro mandato.
Así pues, este no es simplemente un informe sobre la recopilación y difusión de noticias o sobre medios informativos, aunque los problemas principales de estas áreas fueron los puntos de partida de nuestros análisis.
De inmediato nos hemos implicado en una perspectiva histórica, política y sociológica más amplia. De igual modo, debimos ampliar nuestra concentración en la información para incluir todos los aspectos de la comunicación, considerada en un contexto socioeconómico, cultural y político global. Además, dado que la comunicación es vital para toda actividad social, económica y política en el nivel comunitario, nacional e internacional, parafraseando a H. G. Wells diría yo que la historia humana se ha vuelto cada vez más una carrera entre la comunicación y la catástrofe. El uso pleno de la comunicación en todas sus variadas formas es vital para asegurar que la humanidad tenga más que una historia, para asegurar que nuestros hijos tengan un futuro.
Los dieciséis miembros de la Comisión en gran medida representantes del abanico ideológico, político, económico y geográfico del mundo alcanzaron lo que yo considero un grado sorprendente de acuerdo sobre grandes cuestiones en las que, hasta ahora, las opiniones habían parecido irreconciliables. No se trataba simplemente de llegar a conclusiones; eran tal vez más importantes la identificación y el análisis de los problemas y las soluciones posibles. Esperamos que esto ayude en los debates que inevitablemente continuarán sobre algunas facetas del nuevo orden mundial de la información y la comunicación que se desarrolla.
Por lo que a mí toca, y me aventuro a pensar que esto se aplica también a todos mis colegas de la Comisión, la experiencia más grata fue el mutuo sentimiento de respeto y amistad que desarrollamos entre nosotros en el curso del trabajo. Espero que el esfuerzo constructivo que dominó nuestro trabajo persista cuando nuestro informe sea examinado por los gobiernos y otros interesados.
Cuando recibimos para su aprobación la versión final del informe, me asaltó el deseo de volverlo a escribir de principio a fin. Estoy seguro de que todos mis colegas y todos los miembros de la Secretaria experimentaron el mismo impulso. Varió el estilo de la redacción; algunas partes fueron prolijas. Además de que no disponíamos del tiempo necesario para emprender tal tarea, pensamos que, a pesar de la imperfección estilística, el informe transmitía claramente nuestras posiciones. El lector deberá tener en mente las numerosas corrientes lingüísticas, culturales y filosóficas tejidas en este vasto tapete sobre la comunicación.
A pesar de la gran área de consenso alcanzado sobre la mayoría de las grandes cuestiones, es obvio que subsisten muchos interrogantes; además, muchos temas requieren mayor análisis. Persisten muchas dificultades, sobre todo en la organización y la implantación de medidas concretas que ayuden a construir el nuevo orden, el que requiere una revisión continua. Hay muchas opiniones divergentes acerca del significado del “nuevo orden” y de lo que deba abarcar, así como hay opiniones diversas sobre los medios que deban utilizarse para alcanzarlo. Pero a pesar de estas divergencias, no hubo nadie en la Comisión que no estuviese convencido de que se requieren cambios estructurales en el campo de la comunicación y de que el orden existente es inaceptable para todos.
Obviamente, no existe ninguna solución mágica que borre de un plumazo la complicada e interconectada red de los problemas de la comunicación que ahora existe. Habrá muchas etapas, estrategias y facetas en el paciente establecimiento gradual de las estructuras, los métodos y las actitudes nuevas que se requieren. Así pues es posible que “el nuevo orden mundial de la información y la comunicación“ se defina más correctamente como un proceso que como un conjunto dado de condiciones y prácticas. Los detalles del proceso se alterarán de continuo, pero sus metas serán constantes: más justicia, más equidad, más reciprocidad en el intercambio de la información, menos dependencia de las corrientes de la comunicación, menos difusión de los mensajes hacia abajo, más autoconfianza e identidad cultural, más beneficios para toda la humanidad.
El análisis de la Comisión y su consenso sobre los grandes lineamentos del desarrollo de un nuevo orden mundial de la información y la comunicación fueron el resultado de un proceso prolongado. Debemos mucho al embajador Mustapha Masmoudi y el doctor Bogdan Osolnik, no sólo por su defensa persistente del nuevo orden sino también por su constructiva elucidación de los aspectos principales de tal orden. Pero además de las fructíferas discusiones sostenidas por los miembros de la Comisión, durante ocho sesiones celebradas entre diciembre de 1977 y noviembre de 1979, nuestro punto de vista básico nos llevó a mirar con empeño hacia fuera, en la mayor medida posible, para examinar directamente ciertos grandes temas con los profesionales y especialistas implicados, representativos de la participación nacional, regional e internacional.
Empezamos por organizar una gran reunión internacional sobre temas tales como el contenido de la información, la corrección y el equilibrio en los hechos y las imágenes presentadas, las infraestructuras existentes para la generación de las noticias, los derechos y la responsabilidad de los periodistas y los organismos implicados en la recopilación y la distribución de las noticias, así como los aspectos técnicos y económicos de sus operaciones. Para tal propósito se realizó en abril de 1978, en Estocolmo, con la generosa asistencia del gobierno del país, un Seminario Internacional sobre las Infraestructuras de la Recopilación y Difusión de las Noticias. Asistieron a este Seminario varios centenares de representantes de agencias de noticias, organizaciones emisoras, grandes periódicos, institutos de investigación y organizaciones internacionales no gubernamentales de alcance regional o mundial.
Aparte de las reuniones sostenidas en la sede de la UNESCO en París, la Comisión realizó cuatro sesiones en países tan variados como Suecia, Yugoslavia, India, y México. Esto permitió un examen más detallado de los dispares problemas culturales y sociales implicados. También permitió el establecimiento de contactos con profesionales e investigadores que tienen opiniones diferentes sobre algunos aspectos básicos de la comunicación en sociedades divergentes. Se organizaron mesas redondas sobre algunos temas particularmente importantes para la Comisión: con los representantes de los medios informativos y el gobierno de Yugoslavia, discutimos la interacción entre la sociedad y los medios de comunicación; en la misma ocasión sostuvimos otro debate sobre la cooperación entre los países en desarrollo. Nuestro anfitriones indios organizaron una amplia discusión sobre la relación entre la comunicación y el desarrollo; también discutimos con ellos el efecto de los avances tecnológicos futuros. Con un amplio grupo de escritores, profesores y profesionales de los medios informativos latinoamericanos, examinamos la correlación entre la cultura y la comunicación.
Estas consultas directas sobre temas centrales nos dieron algunas ideas muy valiosas sobre la naturaleza interconectada de algunos problemas fundamentales de la comunicación; en particular, tales consultas confirmaron que estos problemas están estructuralmente ligados a los patrones socioeconómicos y culturales más amplios. Así pues, en último término –y de manera inevitable-, los problemas de la comunicación asumen un carácter eminentemente político, y es sobre todo por esta razón que se encuentran ahora en el centro de escenario de nivel nacional e internacional.
Cerca de un centenar de ensayos descriptivos y de opinión, elaborados sobre algunos aspectos específicos de la comunicación por especialistas de todo el mundo, aportaron nuevos materiales de referencia para nuestras deliberaciones. Esto constituyó un material particularmente valioso para los fines del análisis comparado y para estimular una reconsideración de los problemas de la comunicación.
Nuestros contactos profesionales se enriquecieron además por las oportunidades que tuvimos varios miembros de la Comisión y de la Secretaría de asistir a diversas conferencias, reuniones, seminarios y grupos de discusión organizados por instituciones internacionales, asociaciones profesionales internacionales, los países no alineados, instituciones regionales y nacionales relacionadas con diversos aspectos de la información y la comunicación.
Además, en el curso del trabajo de la Comisión, docenas de instituciones internacionales, regionales y nacionales –centros de investigación y documentación, escuelas de periodismo, universidades, asociaciones profesionales y organismos similares- colaboraron activamente con la generosa dotación de resultados de investigaciones, documentación especial y comentarios sustantivos.
Por último, contamos con el beneficio de los comentarios de centenares de individuos, instituciones y organismos gubernamentales sobre nuestro informe provisional presentado en 1978 a la XX Sesión de la Conferencia General de la UNESCO.
Así pues, aunque nuestro informe representa la visión colectiva de la Comisión en el escenario de la comunicación, se ha basado en una selección virtualmente mundial de opiniones, tanto individuales como institucionales, y en una montaña de documentación proveniente de una miríada de fuentes. Esta información abundante abarcó el abanico más amplio posible de la inclinaciones ideológicas, políticas, socioeconómicas y culturales. Cada miembro de la Comisión consideró el informe desde un propio punto de vista y luego lo revisamos colectivamente en las deliberaciones.
Nuestro informe es el resultado de la destilación resultante. En general es un consenso sobre la forma como la Comisión ve el orden de la comunicación actual y cómo considera un orden nuevo. Las diferencias entre los miembros de la Comisión se reflejaron en forma de comentarios o disentimientos. Pero dada su base amplia, más su formulación por un grupo internacional representativo como lo fue la Comisión, confío en que nuestro informe –sus presentaciones, hallazgos y propuestas- llegará a un auditorio igualmente amplio. Este sentimiento ha disipado mis temores iniciales. Tengo confianza en que, si la buena voluntad gobierna los diálogos futuros, podrá construirse un orden nuevo que beneficie a toda la humanidad.
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