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A VEINTICINCO AÑOS DEL INFORME MACBRIDE


Necesidad de nuevas perspectivas sobre la comunicación social

Los tiempos qué por estos días transitamos, qué duda cabe, se muestran fuertemente marcados por las vicisitudes del cambio. Cambia el escenario de época, y con él los objetivos, los medios y los modos de cada quien de presentarse en la historia; en correspondencia (no podía ser de otra manera) los protagonistas del acontecer perciben, con desasosiego creciente, sus limitaciones para hacer frente a tal mudanza. Los recursos interpretativos destinados hasta aquí a otorgar sentido a nuestras vidas se muestras insuficientes, y los que habrían de reemplazarlos demoran su aparición.

En ese marco, la profunda incidencia que en la vida pública y privada registra el flamante reinado de los medios de comunicación masiva , situación hija y madre a la vez del apabullante desarrollo científico y tecnológico verificado en los últimos cincuenta años, motiva que la comunidad mundial que amanece con tal primacía merezca, con toda legitimidad, el apodo de Sociedad Mediática .

Con la libertad de prensa como consigna rampante (que, por lo demás, se presenta siempre en promiscuo connubio con la libertad de expresión ) la S.M instaura para los medios una rectoría hegemónica sobre los asuntos del común, asentada en el ejercicio en exclusiva del papel de árbitro (como natural consecuencia de su declarado no emparentamiento con los sectores en conflicto), a la vez que les reserva, también por el mismo motivo, la función de poder sancionador en cuestiones de ética o al menos el de indicador moral.

Surge con claridad entonces la necesidad de poner atención ante su irrupción, ya que una breve agenda sobre lo que nos presenta la misma (que, encima, constituye ciertamente una novedad no advertida convenientemente) incluye como temas principales la eventualidad de una perentoria cancelación de la democracia y una blanda inquietud ante una moral necesariamente perturbada.


Las singulares características de la Sociedad Mediática

En sus inicios, la crítica más asiduamente formulada contra la sociedad mediática se refería al poder con ribetes de incontestable que en ella adquieren los medios masivos de comunicación, cercenando con su despliegue posibilidades a otros protagonistas sociales, y, en segundo lugar, a que ese poder casi omnímodo se ejerce en nombre del bien común, escondiendo el hecho de que su definitivo beneficiario es quien lo opera.

Era esta, en síntesis, la advertencia del Informe MacBride:

"La reivindicación de una democratización de la comunicación tiene múltiples connotaciones, muchas más de las que se suele creer. Comprende evidentemente el suministro de medios más numerosos y más variados a un mayor número de personas, pero no puede reducirse simplemente a unos aspectos cuantitativos y a un suplemento de material. Implica un acceso mayor del público a los medios de comunicación existentes; pero el acceso no es sino uno de los aspectos de la democratización. Significa también unas posibilidades mayores -para las naciones, las fuerzas políticas, las comunidades culturales, las entidades económicas y los grupos sociales- de intercambiar informaciones en un mayor plano de igualdad, sin una dominación de lo elementos más débiles y sin discriminaciones contra nadie. En otras palabras, significa un cambio de perspectiva…".

Sin embargo, a esta altura del desarrollo de la instalación de este nuevo estadio histórico, es posible convenir que dicha crítica ha devenido, en cierto sentido, anacrónica e ingenua. Así lo han entendido analistas de la comunicación, como el peruano Juan Gargurevich , quienes -efectuando una revisión de aquel documento y sin desprenderse del todo de la perspectiva que lo alienta- coinciden en la necesidad de formular nuevos enfoques sobre el tema:

Teniendo en cuenta estas consideraciones mínimas, podemos concluir que luego del fracaso de la reacción por un nuevo orden informativo, se ha consolidado un viejo orden de mayor envergadura, de creciente fortaleza y aparentemente ya inconmovible.

Este renovado orden se caracteriza por su extrema desigualdad en beneficio de los países desarrollados del norte debido a su control de todas las herramientas que provee la moderna tecnología para la comunicación. Al no poder competir, los sectores afectados por este desequilibrio -llámense gobiernos, académicos liberales, sindicatos, partidos, etc.- ven anuladas sus posibilidades de hacerse escuchar. Esto basta para desmentir que los medios modernos hayan beneficiado las posibilidades de mayor expresión o de libertad de prensa en los países subdesarrollados”.

En ese camino, el de encontrar nuevas miradas sobre el problema de la comunicación, creemos llegada la hora de enmarcar la cuestión de los medios en la problemática que llega de la mano de los nuevos tiempos históricos.

El problema a atender por estos días -según nuestro parecer- está en que el desconocimiento que evidentemente tenemos acerca de la configuración social que arriba con el reinado de los medios, así como de su mecánica, nos permite suponer que su lógica de funcionamiento responde a las antiguas formas y modos en que discurría el poder entre los humanos.

En esa inobservancia, en ese error de apreciación, radica la dificultad de lectura de la novedad histórica que porta la S.M., y al abrigo de esa carencia sus oficiantes ocultan -tal vez sin tener conciencia de ello- los móviles que los animan.

La novedad sobre la que hay que poner suma atención es que con la S.M. irrumpe un fenómeno hasta aquí desconocido: la lógica de producción de sentido no está homologada a las prácticas de los efectores de la corporación política. En el nuevo estadio histórico la corporación mediática, abandonando su dependencia de factores de poder tradicionales, asume como responsable del diseño del imaginario simbólico colectivo , desatando con este feroz quiebre una dinámica de vinculación social radicalmente nueva, y, precisamente por eso, desprovista de reglas éticas que gocen de consenso comunitario, anomalía que no puede sino abrir el camino para el dominio incontestable del más poderoso.

Este nuevo modo del poder de discurrir por nuestra sociedad, radicalmente distinto al hasta ahora vigente, es la clave central para entender los nuevos perfiles que va adoptando la sociedad que adviene.

Para sostener una postura crítica sobre los medios en el nuevo estadio se impone entonces encontrar nuevos cursos de análisis y prospectiva. Una mirada más ajustada a lo que indican los nuevos tiempos ilustra sobre lo impropio de limitar los motivos de la reprimenda a que en la S.M. los medios buscan su propio provecho, en paralelo a la tremenda expansión que registran al compás del modo de acumulación capitalista.

Ciertamente, aparece como inconsistente la sola imputación de trabajar para sí o para quienes indique su interés, pues eso está en la naturaleza de toda vocación humana. En todo caso, conservando el señalamiento del modo engañoso de defender sus intereses, acucia por estos días profundizar la mira y ajustar el disparo: lo que sí corresponde hoy denunciar es la naturaleza espuria de ese poder, mucho más perniciosa que lo que sugieren las prácticas de apropiación y uso del poder en el modo convencional.

La Sociedad Mediática y el ejercicio del poder

Qué muere y qué nace con el nuevo estadio histórico

Sin pretender ingresar a disquisiciones filosóficas que exceden la pretensión de este texto, queremos sin embargo señalar la necesidad de algunos supuestos que favorezcan nuevas interpretaciones del acontecer, más acordes con las novedades registradas. Uno de ellos pretende que comenzamos a dejar atrás una etapa histórica singularizada por la presencia rectora del sujeto como consenso societario de base, y que la estructuración de la percepción común sobre la realidad, así como sus convalidaciones y solicitudes de reforma, es tributaria de tal acuerdo.

Indudablemente, ésta -junto a otras representaciones que configuran el marco en que se desempeñan las ideas y productos sociales- han entrado en cuestión. El paradigma emanado de la furibunda revolución científico-tecnológica de los últimos años alienta la revisión de acuerdos y su consecuente reemplazo. El reinado de los medios como horizonte mundial pareciera promover el más significativo, al haber interrumpido la inmediatez entre los sujetos o entre éstos y las cosas con su presencia excluyente : el desalojo del sujeto de la centralidad del discurso de la historia y su reemplazo por el modo .

Evidentemente, esta circunstancia impone necesariamente nuevos cursos para el desempeño perceptivo relativo a la comunicación, radicalmente distintos a los que le precedieran.

El resultado más impactante de esta mutación es que el espacio de la mediación, que en el modo civilizatorio que aún transitamos pero que está desapareciendo le correspondía a la cultura (entendida como patrimonio simbólico del actuante, proveedor para el mismo de claves de sentido capaces de ordenarle su decurso histórico como ejercicio libre), en la sociedad mediática ha sido reemplazado -mediante la exacción de ese instrumento y del poder que otorgaba- por un dominus sin nombre ni identidad, que se oculta precisamente en su carencia de entidad.

Lo más significativo entonces de la instalación del nuevo escenario social es que, producto y productora a la vez del tiempo histórico que se ha encarnizado con el sujeto hasta tornarlo evanescente, la S.M. se dedica a extirpar todo resto de poder residente en el sujeto para ponerlo a disposición -ya no necesariamente de uno u otro sujeto social que oficie de mandante- sino de un inubicable poder sin nombre y cuyo único proyecto pareciera ser la instalación del nihilismo.

Las impurezas insalvables de todo nuevo tiempo

Demonizar la presencia de los medios -quién puede dudarlo- es incorrecto e inútil, como siempre lo ha sido renegar de aquello que propone la historia. En todo caso, sí cabe la crítica a los perfiles y características de la sociedad que sobre esta realidad se pretende montar.

Si apreciamos como útil la primera identificación -reseñada más arriba- de los signos de la sociedad mediática , corresponde reconocer los riesgos que muestra con notoriedad el citado desalojo del sujeto de la centralidad que le cabe como actuante, y el que haya ocupado su lugar el modo .

El más grave de todos tiene que ver con la cancelación de toda aptitud crítica que exhibe en su despliegue, inevitable corolario de la desaparición del sujeto y sus recursos tradicionales (entre ellos, el ejercicio de la libertad, nada menos).

Utilizando en reemplazo de esa cualidad su máscara menos auténtica (es decir, la que ofrece mayor similitud), la S.M. se ve compelida por la inexistencia de pautas éticas al despliegue de una negatividad obcecada, errática y extemporánea.

Privándose a sí misma de la condición de sujeto, carente de orientación por la derogación de códigos de conducta, despliega su inmanejable poder con la torpeza y cinismo del desbordado. En el aquelarre que ha patrocinado su inauguración, dos ejes estructuran su manifestación: el ejercicio del poder arrebatado a sus antiguos operadores ha de hacerse desde lo oculto, y, en segundo lugar, sus consecuencias han de estar desafectadas de cualquier servicio crítico.

Ambos son portadores de un hálito letal de acción retardada e indolora, que desgraciadamente no ofrece aún otro síntoma más que un profundo pero indefinido malestar en el viciado convivio que ha instaurado.

Respecto al primero, queda claro que su principal consecuencia es la inaudita admisión, como natural a su condición, de un estado de corrupción . Así al menos se deja entender con una actitud prescindente ante los dilemas éticos que abriga su aparición. Correspondientemente, la S.M. deriva en sus operadores -para que cada quien lidie con el problema como pueda- el carácter venal del que aún no ha podido deshacerse, aferrada como está a la estrategia de ignorar la demanda que cualquier versión de la democracia puede exigirle: el abandono del anonimato y el reconocimiento del poder que ejerce. No hay debilidad mayor, y sometimiento consecuente, que aquella que padecen quienes no pueden identificar a su oponentes, o, al menos, a quienes juegan el juego del poder. De allí que, hoy por hoy y más allá de los servicios que preste y de quién lo ejerza, el poder mediático nunca pierde su condición de tenebroso.

En relación con el que señalamos como segundo eje, es decir su negativa a enfrentar críticamente los hechos dados amparándose en su autoadjudicada función de árbitro, bastaría recordar -para certificar el perjurio que implica asumirse como prescindente- que en épocas de cambio profundo el obligado desabastecimiento de criterios morales conduce al sostenimiento del sistema imperante, pues -pese a lo feo que suene- son tiempos en los que la opinión del conjunto es la opinión de la clase dominante.

Renegando de la iluminación que provee una actitud de ponderación creativa, y envueltos por la inoperancia que provee toda negatividad ejercitada a destiempo, los operadores mediáticos descargan su crítica ajustando su potencia según el grado de indefensión del imputado, en relación inversamente proporcional. Como manda su catecismo, y cumpliendo con un retorcido ritual mortuorio alejado de ejercicios pretendidamente justicieros, la elección de su víctima está orientada por la sola condición de propiciatoria que ésta exhiba.

No obstante estos graves efectos, acechantes siempre según lo que entendemos como tendencias consustanciales al actual estadio mediático, cabe decir también que, en el camino, los medios brindan por cierto un conjunto de servicios de comunicación que no sería justo ni prudente negar, pero que encuentran valoración al costado de los fines últimos e inembargables de la propia mecánica de la S.M. El vínculo que inadvertidamente contribuye a entablar pareciera más bien corresponderse –si uno lo mira con suficiente cinismo- con el inefable efecto no deseado.

La sociedad mediática y sus actuantes

Cabe recordar, al momento de hablar de sus agentes, que esta nueva realidad que hemos dado en llamar sociedad mediática constituye un emergente de época, que en tanto tal se manifiesta y configura más allá de voluntades particulares y designios específicos de los factores de poder. Ello no significa, sin embargo, que no genere como resultado natural de su despliegue una corporación que administra los cursos de acción posible y una correspondiente plantilla de operarios.

La expresión más concreta de la corporación -una vez asumida como representante institucional del nuevo estadio- tal vez sea aquel accionar con el que revela una clara pulsión a reformular el rol de los diversos actores sociales, cuando no a cancelar directamente la vida útil de alguno de ellos. En ese proceso, evidentemente privilegia a quienes le son más afines, aunque no por ello agentes conscientes, y los configura como sus actuantes .

El problema de la carencia de normas morales –señalado anteriormente como una característica inobviable, al menos en la versión actual de la S.M.- es que dichos actuantes, en su inconsciencia, se desempeñan con los moldes y patrones éticos de la sociedad desalojada, y de allí su defasaje con modos y costumbres de reciente habilitación, lo que no puede sino desembocar –al contrario de lo que indicaría aquello que la propia S.M. se adjudica como destreza innata- en una dificultad cierta para el tratamiento de las cuestiones éticas.

Cabe aclarar aquí que la referencia en este caso a la moral nada tiene que ver con aquella apreciación que la pretende prohijadora de las costumbres establecidas y, en tanto tal, negadora de toda aventura de cambio y aceptación de la diferencia. En realidad está asentada en la convicción de la necesidad de reelaborar lo permitido y lo prohibido en una sociedad vaciada de parámetros para el entendimiento sobre cómo vivir juntos .

Alejada de esta problemática, la dinámica de la nueva sociedad , a caballo de las características que acabamos de señalar, define su perfil con el alumbramiento de una nueva liturgia , la que a su vez fabrica nuevos mitos de la mano de nuevos celebrantes .

Hay nuevos celebrantes porque en el horizonte de la sociedad mundial, que por estos días amanece, hay una nueva Epifanía , edificada con impactos mediáticos que estructuran el paisaje humano mediante la violencia simbólica, recurso al parecer ineludible a partir de reconocer en él un poder de alta capacidad indicativa y pericia diseñadora.

De allí que cabe la mención de los regidores del espacio mediático como oficiantes , en la medida que se han constituido en el más eficaz aparato de configuración de universos simbólicos , desplazando la hegemonía hasta aquí detentada sobre tal función por las religiones o los sistemas productivos.

No es que estos instrumentos, y su capacidad instituyente, estén ausentes a la hora de conformar el imaginario social sobre las cosas y los tiempos, sino que en este nuevo mundo su tarea sólo puede completarse con la enunciación que únicamente el ejercicio mediático puede celebrar .

Oficiante y operador son roles alternativos en el espacio político mediático; se corresponden con la naturaleza bifronte o ambivalente del poder mediático. Los oficiantes se muestran como participantes del entendimiento del modus operandi de la sociedad mediática, no así los operadores. De allí que los primeros militen en la ideología global y los segundos la exhiban como falsa conciencia mientras son instrumentos (con diversos grados de apercibimiento sobre ello) de las políticas locales.

El modo , entonces, que preside y define la presencia de los operadores de la sociedad mediática como estamento, resulta no sólo un retroceso democrático porque viola las condiciones de la igualdad participativa tanto por su mentira fundante como por el agobio sobreviniente, sino también porque significa -por las mismas razones- un ultraje a la solidez y riqueza del universo simbólico que todo desarrollo civilizatorio requiere como fuente fructífera de sentido para los diversos ejercicios culturales que ocupan a las personas y a los pueblos.

Los dueños de la voz y la construcción artera del poder : volens-nolens

El galicismo utilizado por Bourdieu -con la precisión de lo irónico- para describir el estado de conciencia en que se asienta la actitud de los operadores citados, bien podría equipararse a la latinoamericana artimaña que expresa el sinquererqueriendo .

Lo cierto es que para los oficiantes de la sociedad mediática el ardid (colocarse ante sí y ante los otros como siendo conscientes e ignorantes a la vez de su rol institucional) constituye el soporte más sólido de su andamiaje argumentativo. Es el artificio que les permite pretenderse actores prescindentes del conflicto, mediadores que no toman partido, aunque defensores sí -en última instancia- de los valores universales que de alguna manera sobrevuelan los intereses y conflictos concretos en un improbable limbo de la neutralidad.

De allí que no entra en ninguna negociación tendiente a convenir el modo de manejarse en sociedad lo que evidentemente constituye el secreto mejor guardado : el poder ya no reside en sus actores tradicionales, sino que ha mudado a los operadores de la sociedad mediática, quienes -si bien se encarnan o acuerdan con aquellos- nunca se identifican con los mismos, resultando su accionar a su vez producto de la propia dinámica del nuevo espacio de actuación.

Conviene asimismo tener en consideración un segundo hecho, que desde lo operativo consolida su poder: es el haber logrado colocar su legitimación en el éxito de su empresa; algo así como que cuanto más capaces sean de sostener una percepción social de las cosas, aunque ésta tenga escasa relación con lo que sucede, más legítimo es su poder. De allí que busca escamotear su conducta al ejercicio crítico externo reconociendo sólo facultades para el mismo al innominado usuario de los medios, pretendiendo que desconoce su menguada habilidad para el señalamiento moral en vistas al pacto de complicidad fundante de la relación.

Sociedad Mediática y Miseria Moral en sus Operadores

De la ilusión de objetividad al mandato de prescindencia

Advertíamos al inicio, al momento de señalar los graves riesgos de seguir ignorando la naturaleza y mecanismos de la S.M., que ésta necesariamente acarrea problemas de índole ética que en su irresolución desparraman inconsistencias morales graves, tanto para sus actuantes cuanto para el conjunto social.

El primero tiene que ver con una carencia tan insólita como insostenible: debiera ser sencillo acordar que no hay mayor corrupción que renegar de la posibilidad de un tribunal por sobre sí, y con ese renuncio dejar apreciar como tara de constitución su propia conformación, sin advertir que con tal retaceo torna infundados sus pergaminos para actuar como señaladores del bien y el mal.

Sin embargo, debemos reconocer abiertamente que no se percibe de esta manera en el conjunto social, lo que obliga a revisar las motivos que facilitan tal irregularidad.

Podría pensarse en la eficacia de un artilugio menor: reemplazar la obligación de someterse a juicio por el refugiarse -en tiempos en que se encuentra cancelada la seducción de cualquier épica- en la moral privada de sus oficiantes como coartada para evitar el cuestionamiento al sistema productor de los nuevos diseños de la vida en sociedad. Pero es evidente que, siendo un buen recurso, no alcanza.

La centralidad de la cuestión pareciera situarse en que la pregunta por la nueva moral que emerge junto a la consolidación de la sociedad mediática aparece enturbiada por un escenario donde resultan indiferenciadas la inocencia del ejecutor y la de la víctima.

En algún sentido, puede afirmarse que la razón de tal despropósito radica en que aquello que vincula al celebrante y al destinatario es un avieso pacto de complicidad, que les permite determinar de consuno -aunque por distintos intereses- lo que han de considerar la verdad:

aquella ilusión de la objetividad que los extraña de toda responsabilidad.

De allí que no resulte improcedente pensar que el acuerdo final y fundante del poder mediático es el celebrado entre éste y el ciudadano, basado en la ilusión de objetividad , es decir, en ese servicio que consiste en brindar una representación primera de la realidad extraña a los propios designios , con una descripción de las cosas que tanto más verdadera ha de resultar en cuanto menos empañada esté por la propia visión del sujeto.

La adquisición de dicha ilusión, camino al parecer único para una sociedad que se ha encantado ante el espectáculo de la demolición de su propia realidad, (requisito que ha devenido a su vez insustituible para que una comunidad realice sus tratos), se transforma en irrefrenable deseo, y su objetivación en producto simbólico que el ciudadano se desespera por obtener y que el poder mediático oferta en exclusiva.

Toda afirmación que ponga en una suerte de sino histórico el acontecer y que por ello mismo torne fundada la prescindencia así como inoperante todo lance interpretativo, puede evaluarse como, además de una típica manifestación de la felonía mediática, un beneficioso aporte a las conciencias que desean desapegarse del deber de la opción en un mundo ambiguo y confuso.

A su vez, para el enunciador el beneficio consiste en que se le permite alegar que no sólo es legítimo no emitir juicio sobre las cosas, sino que incluso sería inútil hacerlo.

Para la corporación mediática, la ética de la prescindencia sirve no sólo para evitar circunstanciales compromisos, sino que constituye un imperativo de la profesión , que obliga así al oficiante a no pretender exceder su rol de relator. Porque, paradojalmente, la desvinculación entre relato y realidad es lo que le permite identificar a su descripción con lo sucedido, y que la verdad contingente que entraña todo hecho real le contagie a su relato esa condición. Ese supuesto descompromiso le permite ser partener de la verdad sin arriesgar su opinión, resultando su acierto o error siempre exculpado.

Al respecto, certificando la necesaria escisión entre su misión de vocero y los dictados de la realidad, hay un figura que el poder mediático gusta usar, y está referida a que no puede alguien enojarse con el cartero por las malas noticias que recibe, pero la metáfora no toma en cuenta que sí cabe hacerlo cuando el cartero muestra su alegría o dolor por ésta o cuando elige -de entre los distintos modos de ordenar su trabajo- aquel con que puede someternos a su manejo.

La Sociedad Mediática en su cotidianeidad

La conquista mayor de la corporación mediática consiste en haber conseguido singularizar su accionar como el servicio social de mayor grado de imprescindibilidad, garantía única de los derechos del individuo y la comunidad. De allí que no admita para su tarea la menor cortapisa, y cualquier otra pretensión emanada de las necesidades de convivencia deba ceder ante el menor riesgo para su ejercicio.

Operativamente, el haber conseguido sus ejecutores en el terreno ser imputables sólo en el caso de que se les pruebe real malicia constituye su máximo logro, pues no sólo es una situación ésa improbable, sino que además escamotea la verdad mayor: el engaño de base consiste no en el error o malicia en la que pudieran incurrir, sino en negar que responden a intereses. De todas maneras, conviene precisar esta última afirmación: cuando señalamos que su accionar está vinculado a sus intereses, no nos estamos refiriendo, necesariamente, a aquellos que les confiere su condición (clase, género, ideología, etc.) sino a los que lo afirman y definen como celebrante . Por ello es que también resulta ingenuamente falso decir que en cuestiones políticas trabajan para el que gana. En realidad, trabajan para el que va ganando, pues es la forma de no perturbar la estructura profunda de su sistema con asuntos menores que se desenvuelven en la superficie.

Paralelamente, la fruición que exhibe en su encarnizamiento con las miserias humanas, que gusta presentar como ejercicio de una misión moralizante, manifiesta su propia catadura moral, la que –justo es decirlo- es producto inevitable de la malsana pulsión por afirmar su autonomía axiológica, que en gesto paroxístico irremediablemente acaba entronizando su carácter autista.

Su expresión terrenal como poder corporativo

Una corporación ya no existe -o al menos ha sentado las bases para su segura disolución- en cuanto uno de sus integrantes ha preferido aliarse con el de afuera para resolver un conflicto con un par. Ya se sabe: una corporación no reconoce amalgama asociativa y de connivencia por encima de que la otorga su pertenencia a la misma. Ante ella ceden antiguos aferramientos como lo eran las solidaridades de clase o de género, para no mencionar siquiera a las ideológicas.

De allí el patético y humillante espectáculo -no sólo para el actuante, sino incluso para el que mira- que ofrece la tropa variopinta de los celebrantes del oficio comunicativo, que desvergonzadamente expone sus miserias en flor en promiscuos ejercicios de complicidad. Cortar lazos con redes de pertenencia a estamentos conformados según las clásicas formas presididas por lo ideológico o el interés directo, les ha permitido, antes que nada, separarse de una conciencia crítica externa, y con ello, de la posibilidad de ser enjuiciados.

¿Cabe considerarla por este insólito exceso una corporación ejecutora de un inadvertido y blando terrorismo, inhibidora así del accionar de los actores sociales y promotora de la cancelación de la democracia?

El horizonte de nihilismo y un impensable mundo sin medios

La naturaleza de la nueva sociedad, o, para darle la categoría más adecuada, la configuración histórico-social que se yergue ante nuestros ojos por estos días, está íntimamente vinculada a la transmutación de sujeto a modo . La desaparición de aquel, o su perpetuo ocultamiento, es una condición no renunciable para quienes entienden que su presencia, con cualquiera de sus ropajes, significa la reinstalación del antiguo régimen.

De allí que esa perseverante vocación que manifiesta inexcusadamente la sociedad mediática por derruir todo lo que constituya una afirmación, un sostenimiento, encuentra explicación en su acertada interpretación de que todo cuestionamiento a la negatividad que impiadosamente ostenta ha de ser relevado como un elemento destinado a erosionar la identidad del nuevo modo, tornarlo víctima de su propia capacidad subversiva.

El ánimo de corrosión que impregna el nuevo modo no es entonces una característica, sino un elemento consustancial al mismo. Le va la vida en el intento de desleír toda presencia, quitar entidad a toda figura, abatir todo sujeto.

De allí que el afán por el sostenimiento de toda negatividad sea mucho más que una estrategia política que optimice funcionamientos; su razón última reside en que constituye la piedra angular del nihilismo que se ve obligada a ejercer.

Y ya se sabe: la inercia no favorece a los desposeidos. El curso que ésta dicta sólo afirma al poder que ya se ha constituido como tal, aunque en el final del camino a todos espere la muerte.

¿Puede pensarse que aún queda, después de revisar con desánimo las perfiles que ofrece la sociedad mediática, espacio para un intento de reformulación que la haga más habitable, más acorde a lo que entendemos como sistemas de convivencia libres de extorsiones y agobios de una voz única?

La realidad es lo que está ; y conviene bien distinguirla de lo que nuestra voluntad quiere que sea (aunque no resulte ilegítima tal pretensión, pues –después de todo- el tiempo sido -es decir, la historia- le dará su justo lugar tomando de ella lo que es necesario que así sea) tanto como de lo que la lógica de una determinada producción de conocimiento quiera.

Desde alguna perspectiva, pareciera que sólo queda apostar -desconociendo la perennidad de metamorfosis a que todo es sometido por el ánimus mediático - por lo irrefutable que trae consigo todo acontecimiento .

Mientras tanto, buscar nuevos recorridos para la voluntad que expresara hace veintinco años el Informe MacBride, agregarle miradas que se correspondan con el tono de época, y, sobre todo, asentar la esperanza en el apotegma que sugiere que ningún artista deja de hacer su obra, puede ser el canto que alegre la marcha.-

Adolfo Sequeira

Primavera de 2005

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